Disculpen las desprolijidades que puedan encontrar en este texto. Lo acabo de escribir de un tirón, lo parí, lo sufrí, lo vomité, en una mezcla de tristeza, indignación y cariño. Me agoté golpeando el teclado, ya no me da el cuerpo para revisarlo antes de publicarlo catárticamente. Supongo que sabrán comprender.

guerreroYa no lo vamos a poder escuchar en silencio, el suyo y el nuestro, expectantes, cómplices, saboreando todavía las riquísimas palabras que acaban de sonar en nuestros tímpanos.

Pero seamos francos, no bagnatos, porque él se lo merece: dejamos de escuchar a Hugo Guerrero Martinheitz cuando su voz, mucho antes que su cuerpo, murió asfixiada por la falta de aire.

Somos ingratos. Somos desagradecidos. Somos hipócritas.

Los medios se van a llenar con elogiosas palabras acerca del “peruano parlanchín”, ese hombre que hizo un aporte fundamental para que la radio pudiera ser mejor de lo que era y que murió pobre y olvidado. Hoy sobrarán los adjetivos, las anécdotas, las muestras de dolor de gente que quizás nunca lo toleró o hasta jamás lo escuchó, las manifestaciones de cariño de quienes no lo quisieron…

Pero el tipo la tenía clara, sabía que la mano venía así y lo decía abiertamente, sin eufemismos, aunque desconozco si ese conocimiento lo inmunizó contra la tristeza de saberse abandonado por quienes podían abrirle la puerta a su querida Radio.

 


En 1998 ó 1999, no recuerdo bien, yo trabajaba como asistente de producción en un programa que era sucedido por un señor al que ya sabía héroe de la radiofonía argentina, pero al que nunca había podido escuchar en el dial. Así era como todas las mañanas, al terminar la emisión que me tenía detrás de los teléfonos o cortando audios –entre ellos, los llamados telefónicos de los oyentes, recurso que este sujeto utilizó por primera vez en nuestro país–, veía como el negro Martinheitz se acomodaba en el estudio a… ¡leer o hacer nada! Claro, el rebelde con causa grababa sus programas en la casa, pero como por contrato tenía que hacer acto de presencia, mientras su voz emergía de un mini-disc para cabalgar las ondas electromagnéticas, permanecía encerrado tras una pesada puerta de frigorífico, como si estuviera castigado, pagando vaya a saber cuál de todas sus irreverencias. Nunca supe cuánto sufrió o disfrutó de esas horas obligadas detrás de un micrófono apagado.

Por aquel entonces yo estudiaba en ETER y una tarde/noche uno de mis profesores, creo que Javier Rubel, me comentó que habían intentado convencer al Negro de que se dejara entrevistar para poder incluirlo, como protagonista fundamental de la Radio que era, en la producción que el instituto estaba realizando para conmemorar un nuevo aniversario del medio. Pero, claro, Hugo también era Guerrero, así que Martinheitz no había dado el brazo, ni la voz, a torcer. No sé si con falsas expectativas o por probar un tirito más, Javier me pidió que hiciera un intento por mi cuenta. ¿Quién era yo para que un prócer de la radio me diera más bola que a Aliverti y Cia.? La verdad, en ese momento me volví más ateo que nunca –es decir, no me tenía ninguna fe-, pero fui igual porque, además de que le tenía muchísima estima al instituto y al profesor que me había hecho el encargo, al igual que ellos estaba convencido de que ese hombre ya viejo y con más mañas que nunca tenía que ser parte del homenaje a la Radio y, por lo tanto, ser homenajeado al mismo tiempo.

Siempre envidio de quienes comparten algún recuerdo que puedan mencionar el día, la hora, que el sol entraba de tal manera por la ventana y demás detalles. Quisiera tener yo también una memoria tan prodigiosa, un diario íntimo tan completo o la capacidad para inventar la meteorología de la mañana en cuestión. En cualquier caso, de lo que jamás me voy a olvidar es de lo bien que hablamos, de cómo sus palabras me hicieron ver y sentir lo que me decía, de lo claro, contundente e inamovible, pero respetuoso a la vez, que fue para explicarle a un joven cuasi adolescente que apenas lo conocía por qué no se iba a correr un ápice de la posición que había tomado.

Hugo Guerrero Martinheitz me habló de las puertas cerradas, de los teléfonos descolgados, de la falta de reconocimiento a una trayectoria que sabía fundamental para la radio y fundante de una nueva etapa en el medio. Mientras me hablaba, me transmitía apatía, dolor y furia al mismo tiempo. Que ya no le importaban los premios que nunca le habían dado. Y que si llegaban con años de demora, los iba a tirar a la basura. Y que seguro que cuando se muriera todos iban a hablar bien de él, le iban a dedicar trofeos y discursos lindos, pero eso no compensaría el hecho de que él ya iba a estar enterrado, sordo a las frases rimbombantes que en realidad serían pronunciadas para mitigar la culpa de los vivos.

Lo comprendí y lo entendí. No dije nada más, no intenté convencerlo o conmoverlo. Sentía que lo habían usado y luego excluido y por lo tanto estaba convencido de que cualquier intento de inclusión era, en realidad, una forma de utilización.

Tiempo más tarde, Sergio Marchi contó en su excelente “Cinta Testigo” todas las peripecias que pasó para intentar entrevistar al negro Martinheitz y, si bien el encuentro nunca se dio bajo el paraguas de aquel género, sí compartieron una emisión del programa que el periodista tenía en una radio porteña. A fin de cuentas, le fue mejor que a mis profesores.

Nunca más me lo crucé ni intenté contacto alguno, aunque aquella charla me quedó grabada a fuego y desde entonces, una o dos veces por año, buscaba información para saber de su vida, si estaba al aire, en dónde, haciendo qué; generalmente esas micro-investigaciones terminaban mal, porque los datos que encontraba eran muy tristes: que no tenía laburo, que estaba vendiendo sus discos para subsistir, que se quedaba sin techo. Por mucho tiempo intenté infructuosamente bajar de algún lado un audio que me permitiera mostrarles a mis estudiantes –y los visitantes de este sitio- el arte del manejo del silencio.

El maestro ya no está y el silencio tampoco: ahora sobrarán palabras huecas que no van a poder llenar un vacío que existe mucho antes de su muerte física; la ingratitud no se revierte con hipocresía. Al menos no necesitaste premios para saber lo importante que fuiste para la radiofonía argentina. Perdonanos, Hugo Guerrero Martinheitz. Y gracias, muchas, sinceras, admiradoras y cariñosas gracias.


RADIOTEATROS ISEC

Producción integral a cargo de estudiantes de Diego Zambelli en la materia Práctica Integral de Producción de Radio 1, carrera de Producción y Dirección para Radio y Televisión, ISEC.

LA MAÑANA DEL CAINA

Trabajos realizados por niñas, niños y adolescentes en situación de calle que participan en el taller de radio de Amplitud que se realiza en el Centro de Atención Integral para la Niñez y la Adolescencia (CAINA) desde hace 7 años.

NADA SIN NOSOTROS

Programa semanal de radio con imagen realizado por los concurrentes y el equipo profesional del Centro de Día de Senderos del Sembrador, a partir del Taller de Radio que coordinamos desde hace más de 4 años. Declarado de Interés Municipal por el Honorable Concejo Deliberante de Vicente López. Conducción: Karina Guerschberg y Diego Zambelli.  Jueves de 14 a 15.30 hs. por Demos radio visual