Escrito en enero de 2002 y corregido en mayo de 2010.

 

Desde un punto de vista básico, los especialistas en el del Derecho a la Comunicación (entendido como un Derecho Humano básico y universal) rescatan dos condiciones fundamentales: la defensa del pluralismo (el derecho a la existencia de diversas fuentes y a la elección de las mismas) y el equilibrio informativo mundial. Este último punto se refiere a la desigualdad informativa que generan las brechas tecnológicas y económicas entre las potencias y el resto de los países.

Pero esa necesidad de equilibrio externo también se traslada al plano interno, por lo que los Estados son los responsables de evitar la formación de monopolios informativos que condicionen o impidan libertad de expresión.

El Jueves 11 de enero de 2002, la Argentina sufrió nuevamente las consecuencias de ese desequilibrio: gracias a la colosal acumulación de medios (permitida y, en realidad, fomentada por desde el Estado por la administración Menem), mientras en la ciudad de Buenos Aires se desarrollaba un nuevo y multitudinario cacerolazo, esta vez en contra del gobierno de Eduardo Duhalde, en los mismos medios en los que se difundieron y amplificaron las manifestaciones de diciembre de 2001, la información al respecto era escasa o nula.

 

El multimedio Clarín decidió, por razones que escapan a lo periodístico, que el incipiente cacerolazo no era tan importante como noticias viejas: cerca de la media noche, su señal de cable TN (“periodismo independiente”) repetía informes sobre la devolución del dinero atrapado en el corralito y las protestas realizadas durante el día en el Mercado Central.

Media hora antes, quien firma estas palabras ya se había cruzado con multitudes que marchaban por las (cortadas) Avenidas Ángel Gallardo (con epicentro en el Cid Campeador) y Corrientes hacia Plaza de Mayo, golpeando cacerolas, sonando silbatos y prendiendo montículos de basura.

Cuando al fin TN decidió que los acontecimientos adquirían el rango de noticia, emitieron imágenes tomadas por las cámaras del centro de control de tránsito de la ciudad de Buenos Aires: para que se den una idea, esa cámara debe estar ubicada en la terraza de un edificio cercano a la Catedral, tomando en ángulo la Plaza de Mayo… sin zoom, claro. Por teléfono, sin salir en cámara, el cronista de turno resumía los motivos de la manifestación al dichoso corralito. ¿Dónde quedaron las numerosas cámaras de TN? ¿Qué fue de los micrófonos abiertos a los manifestantes, que en épocas no tan lejanas pedían a gritos renuncias a todo nivel? ¿Qué fue de Bonelli y Silvestre, quienes siempre hablan de “lo que le importa a la gente”?

Era evidente que algo había cambiado. Alguien adujo, tal vez con razón, que después de los levantamientos populares de diciembre de 2001, de las muertes, del que se vayan todos, del estado de crispación y movilización en el que quedó la sociedad argentina, los medios decidieron sacar el pie del acelerador, conscientes de su capacidad potenciadora y de las imprevisibles consecuencias de una nueva revuelta. Incluso pudo haber quien hiciera un mea culpa, por haber fogoneado intencionalmente la virulencia popular que, en parte, se llevó puesto al gobierno de la Alianza. En cualquier caso, no es un detalle menor el que la pesificación asimétrica llevada adelante por Duhalde y su ministro de Economía Remes Lenicov hubiera licuado la deuda de los grandes grupos, incluido Clarín, que gracias a esa medida pasó de la inminente quiebra a un nuevo y vigoroso proceso de expansión.

El desempeño de Crónica no fue mucho mejor. Paradójicamente, en el canal América, un "Rial en la Noche" acompañado por periodistas políticos hizo la mejor y primera cobertura de los hechos, transmitiendo con cámara y todo desde la puerta de la Rosada. Curioso que un canal que estaba en quiebra y convocatoria de acreedores tuviera recursos para semejante movida.

Pero allí donde la TV no puede llegar, ahí donde las cámaras tardan en ser instaladas y puestas a transmitir, a esos lugares inaccesibles para otros medios llega Ella, la Radio, transmitiendo en vivo y en directo en las condiciones más inhóspitas. Pero justo ese día, dos de las cuatro radios AM más importantes no estaban saliendo al aire: los empleados de las emisoras del grupo mexicano CIE – Rock & Pop habían decretado el paro por falta de pago de sueldos y aguinaldo, por lo que tanto Radio América como Radio del Plata (más FM Metro y FM Aspen) pasaban música y música y música y música y….. ¿Cuáles eran las alternativas restantes?: Radio Mitre (Grupo Clarín) y Radio Continental (Grupo Telefónica... permitan que me sonría), Radio Nacional (supuestamente Estatal, por siempre del gobierno de turno) y la acomodaticia Radio 10.

Nuevamente, la información como un producto de góndola carente de todo valor social.

Hay que tener mucho cuidado: este fenómeno no es nuevo, hace rato que nos aplican el corralito informativo, la diferencia es que no siempre es tan burdo e inútil como tapar el sol con un dedo.

Es bien sabido que no hay libertad de prensa, sino libertad de empresa. Las compañías mediáticas juegan tanto con ese límite que hasta nos perjudican económicamente: por ejemplo, cuando nos hacen creer que si se les aplicara el IVA (como a cualquier empresa) se vulneraría la libertad de expresión. ¿Por qué un grupo mediático no paga IVA y sí lo hace alguien que apenas se puede comprar un paquete de arroz? ¿En qué medida se va a ver perjudicado ese individuo si los medios comenzaran a tributar el Impuesto al Valor Agregado y, por caso, aumentara el precio del diario, que de todas formas no puede comprar? Está claro que, en general, los multimedios apelan a los derechos humanos, la libertad de prensa y su rol social para defender sus intereses comerciales. Si realmente estuvieran interesados en proteger a los más débiles, denunciarían que el sistema impositivo imperante es regresivo, que castiga al consumo y que obviamente afecta a los que menos tienen. También llenarían sus páginas y horas de aire con periodistas, especialistas y políticos que nos explicaran que lo más conveniente para estimular la economía –y lo más justo en lo social-, sería modificar el esquema tributario para convertirlo en progresivo, liberando de impuestos los productos que más consumen los sectores de menores ingresos -que de esta manera tendrían las necesidades básicas más y mejor satisfechas- e incrementando la presión impositiva a medida que los ingresos crecen. Pero claro, a las empresas mediáticas no les interesa el bien social –y mucho menos la libertad de prensa-: lo que quieren es no resignar ganancia para pagar IVA.

Si lo que existe es libertad de empresa y, como hemos visto, esas empresas son pocas y acaparan a casi todos los medios existentes en el país, lo que nos queda son dos ó tres versiones interesadas y sujetas a sus propios intereses. Está claro que la existencia de muchas fuentes informativas nos permite comparar, contrastar y seleccionar. Por otra parte, mientras mayor sea la competencia entre medios, más se van a esmerar en informar adecuadamente y cuidar ciertas formalidades. Pero aún así, en ese paraíso mediático, sería urgentemente necesario que desarrollemos una perspectiva propia para comenzar a pensar y dejar de repetir como loros lo que escuchamos o leemos (como los nenes repiten lo que dicen mamá y papá). Además de apoyar la larga y sufrida lucha contra los monopolios  y de exigir un salto profesional y ético del periodismo en general, tenemos que empezar por casa.

Y también es hora de que le hagamos ruido a los que llegaron al extremo de querer ocultarnos las cacerolas que teníamos en nuestras manos o que escuchábamos por la ventana... porque aunque muchas veces podamos ser ciegos, sordos y mudos, nuestro nivel de imbecilidad no llegó a tanto. Todavía.