Como vimos hasta ahora, desde aproximadamente el 1900 existía la tecnología necesaria para hacer radio, posibilidad que se acrecenta cuando surgen los primeros radioaficionados, apenas unos años después.

¿Qué tuvo que ocurrir para que podamos hablar de medio radiofónico? Si la tecnología es la misma, ¿qué diferencias hubo en su uso para que podamos hablar del origen de la radio como medio de comunicación?

“Miren, muchachos: si un día, nosotros, pudimos escuchar por radio el canto de un gallo, debe existir la posibilidad de transmitir la voz humana. O la música. ¿Se imaginan qué grandioso sería?”, preguntó a sus tres amigos es doctor Enrique Telémaco Susini, un día de 1917.

Enrique Susini (25 años), su sobrino Miguel Mujica (18 años), César Guerrico y Luis Romero Carranza (22 años) tenían el asunto de la radio entre ceja y ceja. Los que con justicia son considerados los pioneros de la radio en la Argentina tenían varias cosas en común: eran jóvenes, vecinos del Barrio Norte, médico recibido uno y estudiantes de la medicina los otros tres, niños bien de la época, hijos de familias acomodadas y apasionados por el arte en general y por la música culta en especial.

Con verdadera pasión seguían la información disponible en libros y revistas sobre la radio. Los principios de Hertz, Braul, y especialmente del italiano Guillermo Marconi, que en 1896 había presentado y patentado en Inglaterra su invento de la radiotelegrafía sin hilos. Poco a poco, en el sur del mundo, ellos, precisos, inquietos, se acercaban a los secretos del descubrimiento y uso de la “transmisión inalámbrica, sin conductores y a distancia”.

En Buenos Aires existían radioaficionados desde 1910 cuando, para el centenario de la revolución de mayo, Marconi llegó a la Argentina y desde la ciudad de Bernal se comunicó con bases ubicadas en Canadá e Irlanda. Desde 1898, ingenieros como Ricaldoni o Bellocq realizaron experiencias precarias de telegrafía inalámbrica. En 1913 Bellocq recibió la primera licencia de radioaficionado. En 1915, jóvenes radioaficionados de Buenos Aires, Santa Fe y Mendoza constituían “una especie de hermandad que se comunicaba noticias, entablaba charlas a distancia y hasta se intercambiaban pequeños recitales en piano o en violín”.

En 1917 el doctor Susini había ingresado como médico a la Armada. A la par de sus muchos proyectos artístico-culturales, llevaba adelante otro, de carácter médico-científico: la instalación de un laboratorio para investigar el cuerpo humano según las corrientes eléctricas y acústicas que lo atraviesan. Al finalizar la guerra, en 1918, la Armada encomendó a Susini que estudiara muy de cerca, en los frentes de batalla todavía humeantes, el efecto de los gases asfixiantes y paralizantes sobre las vías respiratorias. Allí, el otorrinolaringólogo encontró la posibilidad de unir su proyecto de perfeccionamiento con lo que él y sus amigos soñaban desde hacía tiempo. En el ejército francés consiguió algunos equipos de radio casi abandonados y con muy poco tiempo de uso. Un rumor, confirmado por su viuda, comenta que Susini, grandote por donde se lo mirara, trajo varios elementos escondidos en las mangas de su sobretodo.

El 19 de mayo de 1920, setenta y un día antes del lanzamiento de la radio en la Argentina, Guillermo Marconi había emitido desde sus propios estudios en Nueva Cork la voz de la cantante australiana Nellie Melba. En Bueno s Aires, ese mismo mes, los pioneros seguían obsesionados por lanzar la radio. Fueron las voces de Enrique Telémaco Susini, Luis romero Carranza, Miguel Mujica, César Guerrico, Ernesto Pita e Ignacio Gómez Aguirre las que en esos días de agosto de 1920 atravesaron la pared de la fantasía y el descubrimiento.

Eran los tiempos en que a la radio se le decía la “onda marconigráfica”, en alusión a Marconi. Al aire, en donde los sonidos crecían, se le llamaba éter. El asunto de la radio era tan inexplicable que pasaba a ser una cosa de locos.

Parece que ya los griegos del Siglo de Oro reconocían las virtudes de la galena, un mineral originario del sulfuro natural de plomo, perfecto conductor del calor, de la electricidad y especialmente del sonido. Lo cierto es que en la segunda década del siglo XX todos los aparatos de radio existentes funcionaban a galena. Se movía un sintonizador que demandaba incansablemente a esa piedrita de aspecto frágil y color azul grisáceo hasta ubicar el sonido deseado. Para escuchar, como no había altoparlantes, había que colocarse auriculares. Una antena exterior que debía terminar en un cable  a tierra aseguraba que los sonidos se recibieran con fidelidad. Pero si emisor y receptor estaban distanciados más de diez kilómetros, no había Dios, ni suerte, ni viento a favor capaces de tragarse los ruidos casi telúricos de la transmisión. Realmente no se escuchaba bien. Encontrarle el lugar justo a la dichosa piedrita costaba una barbaridad.

El equipo, de tan precario, parecía estar atado con piolines. El único micrófono que se pudo conseguir para tomar los ruidos del ambiente era uno para sordos y había sido ubicado en el paraíso del teatro Coliseo. El transmisor que desde sus humildes 5 vatios volvía a pelear como en la guerra, quedó instalado en la azotea del edificio; los alambres para las bobinas, los transformadores, los condensadores eran elementos muy difíciles de conseguir, pero ese 27 de agosto todo estuvo y funcionó como debía. La antena se colocó entre el teatro y la cúpula de la casa de Cerrito y Charcas.

Susini tenía registro de barítono. Engolando la voz, sin querer se convirtió en el primer locutor de la radiodifusión argentina: “Señoras y señores: la sociedad Radio Argentina les presenta hoy el festival sacro de Ricardo Wagner, Parsifal, con la actuación del tenor Maestri, el barítono Aldo Rossi Morelli y la soprano argentina Sara César, todos con la orquesta del teatro Costanzi de Roma, dirigida por el maestro Felix von Weingarten”.

Dispersos por diferentes sitios de la ciudad de Buenos Aires, una veintena de atentos receptores en poder de aficionados a la radiotelefonía captaron esa opaca señal, que inauguraría un servicio continuo, ininterrumpido, como hasta entonces no había ocurrido.

Juan Carlos Thorry, por ese entonces con 12 años, era uno de los cincuenta poseedores de radios a galena que escucharon aquella audición fundacional. En 1995, Thorry contó: “Esa noche toda mi familia subió ami cuarto para escuchar la novedad. La verdad es que no se escuchaba muy bien e incluso, por momentos, el sonido desaparecía. Mis tíos no creían que el sonido pudiera llegar por el aire, pero yo nunca lo dudé, estaba entusiasmadísimo. La mayor parte de la gente tardó en entender la magnitud de ese logro”.

Hasta 1922, LOR Radio Argentina fue la única emisión que se podía receptar en el dial de la Capital Federal.

Según el historiador Edgardo Rocca, la radiotelefonía argentina nació como un entretenimiento de aficionados que jugaban a transmitir y recibir, “pero el tiempo transformó ese hobby de los locos de la azotea en algo imprescindible en todos los hogares”.