O qué no dicen cuando hablan de objetividad e independencia.

Cuando un medio decide abordar una noticia, también está decidiendo no hacerlo con muchas otras. De esto hablo, de esto no; esto es noticia, esto no. En esa selección intervienen, en una situación ideal, la línea editorial, el criterio del periodista y la idea que se tiene de los intereses del consumidor del medio. Ese recorte, más allá del tratamiento que se haga de la noticia elegida, implica como mínimo una visión del mundo, la subjetividad del profesional, criterios comerciales, etc. Y es lógico que así sea. Peeeero...

 

Cuando un medio masivo de comunicación, cualquiera de ellos, agita las banderas de la objetividad y el periodismo independiente, no sólo está mintiendo, sino que están tratando de evitar que se note la ausencia de aquellas que arrió (o que tal vez jamás izó).

En una sociedad como la nuestra, estamos acostumbrados (a sentir como natural) que las empresas hagan todo lo posible para obtener una jugosa ganancia. ¿Está bien? ¿Está mal? Es. También damos por sentado que ciertas áreas -como la salud, la educación, la justicia, la seguridad, entre otras- son de interés social y, por lo tanto, deben funcionar con criterios que van más allá del lucro.

La comunicación -incluyendo al periodismo-, cumple una función social tan importante que su ejercicio está previsto y regulado por la Constitución Nacional (artículos 14, 33, 34 y 43; tratados internacionales incorporados) y la Ley (de Radiodifusión, Estatuto del Periodista, jurisprudencia sobre aplicación de delitos contra el honor, etc.).

La trampa reside en que mientras creemos informarnos con medios de comunicación etéreos, impolutos, objetivos e incuestionables, estos se manejan con el mencionado criterio empresarial. Que quede claro: la línea editorial es una cosa; la tergiversación, ocultamiento o invención de la noticia en pos de intereses de cualquier tipo (menos sociales), otra. El mero hecho de que sigamos hablando de medios y no de empresas de comunicación indica que el ocultamiento sigue siendo efectivo y que, por lo tanto, continuaremos creyendo linealmente y sin cuestionamientos que, por caso, si se evalúa la posibilidad de eliminar la exención del IVA de la cual gozan las empresas de comunicación, se trata de un brutal ataque a la libertad de prensa (ver reacción corporativa en 1998).

Los ejemplos sobran, sólo basta correr el velo para verlos. Pero a veces, sólo a veces, las maniobras son tan burdas cuesta esfuerzo obviarlas: la forma en la que Clarín (des)informó acerca de la AFA, los contratos de televisación del fútbol y TSC es la muestra más reciente de cómo nos prometen objetividad e independencia para que no exijamos (y/o pongamos en práctica) honestidad, profesionalismo y ética.

Alejandro Wall lo explica mucho mejor en su artículo "Ahora dicen que no es Clarín ", publicado en el diario Crítica del 10 de agosto de 2009.